Profesor y alumno practican la quena durante una clase en Moscú

Aprender música andina: técnica, escucha y transmisión cultural

Enseñar un instrumento andino no consiste solamente en mostrar dónde colocar los dedos. Para Robert Mamani, cada clase reúne respiración, técnica, escucha y el contexto cultural que da sentido a la música.

Autoría y fuenteRelato oral de Robert Mamani, incluida la serie de respuestas del 29 de agosto de 2026. Transcripción editada sin cambiar su posición.

De intérprete a maestro

Después de años tocando instrumentos andinos, Robert empezó a recibir alumnos. Algunos llegaban con una idea clara; otros solo sabían que el sonido de una quena o una zampoña les había conmovido. Su tarea como profesor consiste en convertir esa atracción inicial en una práctica posible.

No exige que la persona sepa leer música para empezar. Robert mismo se formó en gran medida de oído. Sí pide paciencia, disposición para repetir y respeto por el instrumento. Una clase puede orientar, pero el cuerpo aprende entre una clase y la siguiente.

Zampoña: respirar y moverse con precisión

El aprendizaje comienza con la respiración y la dirección del aire. El alumno busca un sonido limpio, aprende a atacar cada tubo y reduce movimientos innecesarios. Después aparecen figuras, articulaciones y melodías.

Una práctica especial es el trenzado: dos intérpretes alternan las notas y construyen juntos una línea musical. Nadie posee la melodía completa por separado. La concentración es esencial al principio; con la práctica, el intercambio empieza a fluir.

Quena y quenacho: construir el sonido antes de correr

En la quena, Robert trabaja embocadura, respiración y digitación. El primer objetivo no es tocar una pieza difícil, sino producir una nota que pueda repetirse sin tensión. Después se coordinan los orificios, las escalas y el fraseo.

El quenacho comparte principios, pero su tamaño y registro grave modifican la postura y la cantidad de aire. Por eso los ejercicios deben corresponder al instrumento real del alumno.

Profesor y dos alumnos adultos practican juntos partes complementarias de zampoña en Moscú
En el trenzado, la melodía nace de la coordinación: cada intérprete aporta una parte y aprende a escuchar a los demás.

Flauta nativa y charango: otros caminos

La flauta nativa se presta especialmente a melodías lentas, improvisación y prácticas contemplativas. El alumno conoce su escala, aprende a cubrir los orificios y descubre cómo construir una frase sin llenar cada instante de notas.

El charango exige otra relación con el cuerpo: afinación, acordes, rasgueo, coordinación de manos y pulso. Robert ha enseñado también este instrumento en Rusia y valora la dedicación de quienes se acercan a una tradición nacida muy lejos de su lugar de residencia.

El problema real de conseguir un instrumento

Para aprender hace falta un instrumento adecuado. En Rusia no siempre es sencillo encontrar una quena afinada, una zampoña del tamaño correcto o un charango bien construido. Comprar sin orientación puede convertir el entusiasmo en frustración.

Robert recomienda consultar antes de elegir. En algunos casos puede ayudar a valorar modelos o preguntar por instrumentos procedentes de Sudamérica. La disponibilidad, el precio y el envío se estudian individualmente; no existe un catálogo fijo que sirva para todos.

Presencial, online, individual o en grupo

Las clases pueden plantearse de manera personal o grupal. El formato presencial permite observar mejor postura y respiración. El formato online abre la posibilidad a alumnos de otras ciudades y países, siempre que la cámara y el sonido permitan distinguir lo que ocurre.

El ritmo depende del punto de partida, del instrumento y del tiempo real de práctica. Por eso Robert evita prometer que una persona dominará la técnica en un número idéntico de sesiones.

«Con concentración al principio y con práctica después, todo es posible.»

El aprendizaje encuentra sentido al tocar con otras personas

Uno de los objetivos que más entusiasman a Robert es reunir a alumnos que ya han trabajado un repertorio y darles la posibilidad de presentarlo. Un concierto de estudiantes no es solo una prueba. Muestra que el conocimiento ha pasado de una persona a otra y vuelve a la comunidad transformado en música.

Para alguien nacido lejos de los Andes, tocar estos instrumentos puede cumplir un sueño y abrir una relación respetuosa con otra cultura. Para Robert, enseñar es una forma de representación cultural: comparte técnicas, pero también una manera de escuchar la naturaleza, el grupo y la memoria de quienes tocaron antes.

Aprendí escuchando, sin conservatorio

De niño oía mucha música y mi sentido del oído fue desarrollándose. Tomaba un instrumento e imitaba el sonido que escuchaba hasta encontrar exactamente el tono. Así crecí, aprendiendo melodías de oído. No estudié música en un conservatorio: soy autodidacta, y el sonido que escucho puedo imitarlo.

Ese trabajo no se pierde. Hasta hoy, cuando escucho una melodía puedo interpretarla. Aprender de oído no es algo malo: además de desarrollar la audición, desarrolla el sentimiento, porque uno interpreta aquello que puede oír.

La dificultad de encontrar la nota exacta

Aprender de oído es difícil porque el sonido tiene que salir bien. Si una canción suena en la radio y quieres sacarla, debes encontrar las notas que están ejecutando. Cuando no aparecen, hace falta paciencia: escuchar una y otra vez y comprender que algunos instrumentos no contienen todas las notas necesarias.

Con una zampoña, por ejemplo, puedo buscar una caña que produzca el sonido que falta y añadirla. Así aprendo también a afinar mejor los instrumentos. A veces ayuda un músico veterano que comparte su experiencia; otras veces ayuda mi mundo interior, esa terquedad natural que dice: no me sale, pero no voy a darme por vencido.

Busco el sonido, vuelvo al instrumento y lo intento hasta cumplir la meta. La paciencia, el apoyo y la decisión de seguir adelante hacen crecer al músico empírico y desarrollan todavía más su oído.

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