Padre peruano entrega a su hijo su primera zampoña en los Andes

Cómo un niño del Perú encontró su camino en la música

Antes de los conciertos, los viajes y las clases hubo un niño que escuchaba a los conjuntos folclóricos del Perú. Una zampoña entregada por su padre convirtió aquella fascinación en práctica, paciencia y, con los años, en una forma de vida.

Base del artículoRelato oral «Recuerdos de la música folclórica» y entrevista biográfica concedida por Robert Mamani en 2020.

Un país lleno de sonidos

Cuando Robert era niño, la música folclórica estaba presente en su entorno. Escuchaba zampoñas, quenas, charangos, bombos y guitarras; veía conjuntos profesionales y descubría que una melodía podía contener paisaje, memoria e idioma. La música peruana convivía con repertorios bolivianos y con canciones en aimara. Para él, aquel mundo parecía inmenso.

No conocía todavía los nombres de todas las técnicas, pero reconocía el efecto que producían. Los grupos que escuchaba despertaban una mezcla de curiosidad y admiración. Quería saber cómo nacía ese sonido y qué había que hacer para formar parte de él.

La primera zampoña

El momento decisivo llegó alrededor de los ocho años, cuando su padre le regaló una zampoña. Era un objeto pequeño frente a todo lo que vendría después, pero abrió una puerta. Robert empezó a probar, repetir y escuchar. Cada sonido nuevo le permitía entrar un poco más en aquella cultura musical que hasta entonces había contemplado desde fuera.

«Con aquel instrumento comencé a aprender, a entrar en este mundo y a conocerlo.»

Aprender no significaba seguir un manual paso a paso. Como muchos músicos populares de América del Sur, Robert desarrolló el oído antes que la lectura musical. Escuchaba una frase, buscaba sus notas y volvía a intentarlo. La memoria, la comparación y la repetición eran sus herramientas.

Niño peruano practica la zampoña junto a una casa de adobe y un paisaje de terrazas andinas
Después de recibir su primera zampoña, la curiosidad se transformó en horas de escucha, repetición y descubrimiento personal.

Aprender de oído también es aprender con rigor

Ser autodidacta no significa avanzar sin disciplina. Significa construir un método a partir de la escucha. Hay que distinguir alturas, recordar intervalos, coordinar la respiración y reconocer cuándo una nota todavía no está limpia. Robert insiste en que muchos músicos de tradición popular se forman así: observando a otros, tocando con amigos y corrigiéndose en la práctica.

En algunos casos, aprender un instrumento responde también a una necesidad económica. La música permite trabajar, acompañar celebraciones o tocar en la calle. En otros, nace del deseo de representar la cultura propia. Ambas razones pueden convivir: el instrumento alimenta y, al mismo tiempo, conserva una historia.

De un instrumento a otro

La zampoña fue el comienzo, no el límite. Robert fue invitado a un grupo como percusionista y más adelante llegó a tocar el tambor y la zampoña en una misma formación. Después apareció el charango. Cada instrumento exigía una relación distinta con el cuerpo, pero todos pertenecían a un mismo paisaje sonoro.

La curiosidad se convirtió gradualmente en oficio. Un día llegó a un casting casi por casualidad. Fue seleccionado para integrarse en un conjunto étnico profesional y viajó de gira a Alemania. Trabajar junto a músicos experimentados le mostró otro nivel de exigencia: horarios, repertorio, convivencia, responsabilidad escénica y la necesidad de sostener la calidad cada noche.

Lo que el camino enseña

Robert no describe su trayectoria como una sucesión de golpes de suerte. Para él, lo que desde fuera parece fortuna suele encontrarse con muchas horas previas de trabajo. Tampoco llama fracaso a los momentos difíciles. Incluso los conflictos, el cansancio o una etapa de agotamiento pueden mostrar que es necesario cambiar de ritmo y continuar de otra manera.

Su recomendación a quien empieza es menos romántica y más útil: paciencia, amor por el instrumento y práctica constante. Él mismo procura dedicar tiempo diario a tocar. La inspiración importa, pero necesita un cuerpo entrenado para poder expresarse.

Una historia que continúa en las clases

Cuando Robert enseña a una persona que nunca ha sostenido una quena o una zampoña, reconoce algo de aquel niño que buscaba el primer sonido. Por eso una clase no es solamente transmisión técnica. También es la posibilidad de acercar una tradición a alguien que nació muy lejos de los Andes.

La primera nota rara vez es perfecta. Lo importante es que sea verdadera: un sonido producido por la propia respiración, escuchado con atención y convertido en el comienzo de un camino.

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Continúa con su biografía, sus instrumentos y los momentos que formaron su manera de enseñar y actuar.

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